martes, 13 de abril de 2010

Hawks & Wood





Empezaré esta nota con una confesión personal: aunque hoy en día lo que más leo es narrativa -sobre todo, novela, sea o no de género-, hubo un tiempo en el que un servidor dedicaba casi todo su tiempo libre, o al menos aquel que dedicaba a la lectura, al consumo de libros sobre cine. Por alguna extraña razón la ficción no me satisfacía, y dentro del ámbito del ensayo solo me interesaban aquellos libros que hablaran de la historia del cine, el proceso de hacer una película, las vidas (privadas y públicas) de directores y actores y las lecturas que de cualquier film se pudieran hacer.



Por esa razón, buena parte de mi biblioteca particular está dedicada a libros sobre el séptimo arte: biografías de actores y directores, estudios críticos de cineastas, ensayos históricos sobre cinematografías, géneros y estudios de producción, etc. Y todavía hoy me produce un gran placer, después de haber visto una película que me interese lo bastante como para hacer el esfuerzo intelectual, escarbar en dicha biblioteca (y no solo en internet) y descubrir qué han dicho sobre el film en cuestión tanto sus artífices principales como, sobre todo, la crítica especializada. Confrontar el propio criterio con el de otros sigue siendo la mejor manera de aprender sobre cualquier cosa, y el arte cinematográfico no es una excepción.



Lo anterior viene a cuento de que he tenido la oportunidad de ver Río Lobo, una de las pocas películas de Howard Hawks posteriores a 1938 que todavía no había visto. Algunas de mis películas favoritas llevan su firma: Scarface, Sólo los ángeles tienen alas, Tener y no tener, El sueño eterno, Me siento rejuvenecer, Río Bravo o El Dorado son buenos ejemplos. También de otras que no llevan su firma, pero como si la llevaran: los cinéfilos ya sabrán de qué hablo si cito El enigma... de otro mundo, "de" Christian Nyby. E incluso películas suyas que me gustan menos, por considerarlas sobrevaloradas (La fiera de mi niña) o simplemente más discretas (Los caballeros las prefieren rubias), son muy superiores a la media, la de su tiempo y la del nuestro.



Lo mismo sucede con Río Lobo: no creo que merezca contarse entre las mejores películas de su realizador, sobre todo por lo que tiene de mimética respecto de Río Bravo y El Dorado (esta, a su vez, un remake inconfeso de la anterior, sustituyendo a los actores-cantantes Dean Martin y Ricky Nelson por los actores -a secas- Robert Mitchum y James Caan). En esta ocasión tenemos al mexicano Jorge Rivero y al castigado Jack Elam acompañando a un John Wayne también crepuscular que recibe igualmente el apoyo de la bellísima Jennifer O'Neill, el joven Christopher Mitchum -hijo de Robert- y el dentista que encarna David Huddleston.



Si algo destaca de Río Lobo es su obstinación por nadar a contracorriente: de la misma manera que Río Bravo fue la respuesta de un Hawks que todavía creía en la amistad, la lealtad y la camaradería (sobre todo masculina) frente al escepticismo nihilista de Solo ante el peligro de Fred Zinnemann -donde el sheriff Gary Cooper pide ayuda pero todo el mundo le da la espalda dejándolo... pues eso, solo ante el peligro-, este último trabajo del autor de Luna nueva se estrenó un año después de Grupo salvaje de Sam Peckinpah, un film que también creía -posiblemente, más que ninguno- en el concepto de amistad tal y como lo entiende Hawks, pero donde no había posibilidad de llegar a un happy end.



Se abría, pues, un terreno para una nueva manera de entender el western, y por ende el cine: el de los años 70, una etapa en la que el (mejor) cine norteamericano iba a apostar por retratar los fantasmas de toda una generación. Téngase en cuenta que en el mismo 1970 que Hawks estrena Río Lobo también llegan a los cines los westerns revisionistas Pequeño gran hombre y Un hombre llamado Caballo, el nuevo trabajo de Peckinpah -La balada de Cable Hogue- o dos filmes del Oeste con toques de comedia -cínica o de batalla de sexos- como El día de los tramposos de Mankiewicz y Dos mulas y una mujer de Siegel. Solo dos años después, con la brutalmente violenta La venganza de Ulzana, Robert Aldrich asestaría el golpe definitivo al western clásico, y un año después Clint Eastwood y su Infierno de cobardes lo enterrarían a dos metros bajo tierra.



Pero dejemos las películas y centrémonos en los libros de cine: una vez vista Río Lobo, claro está, me decido a leer algo sobre ella, y mi primer impulso es recuperar el Howard Hawks de Robin Wood, editado en España por JC a comienzos de los 80. Pero hete aquí que, precisamente, el estudio de Wood se detiene en el film anterior, El Dorado, y no alcanza a comentar la cinta postrera del realizador norteamericano... aunque John Wayne (en primer plano) y Jack Elam (detrás) saluden al lector desde el fotograma del film que ilustra la cubierta.



De todas formas, el recuerdo es productivo, pues me lleva a reflexionar en la grandeza de este crítico que, según me enteré en Cahiers du Cinéma, nos dejó en diciembre del año pasado. Un crítico que no hay que confundir con el guionista de historieta paraguayo de idéntico nombre, y del que debería editarse en España a la voz de ya su antología crítica Personal Views. Explorations in Film, que data nada más y nada menos que de 1976. También ardo en deseos, por pura curiosidad, de leer su más reciente ensayo "Responsibilities of a Gay Film Critic", publicado en Film Comment, acerca de cómo su condición sexual -Wood salió del armario un año de estos- debía condicionar su tarea como observador cuidadoso del séptimo arte.



En definitiva, espero sirvan estas líneas como recuerdo de uno de los directores que más nos han enseñado a amar el cine, así como de uno de los críticos que más nos han enseñado a entenderlo y, por tanto, a amarlo más todavía.

jueves, 1 de abril de 2010

EL THRILLER USA DE LOS 70

El thriller USA de los 70
Antonio José Navarro (coord.)
San Sebastián, Donostia Kultura, 2009
390 pp. - 18 €



En lo referente a las revistas especializadas en materia de cine, hubo un tiempo en el que, Dirigido (eterno oasis en lo referente al análisis fílmico con criterio) aparte, las dos mayores alegrías que podía encontrarse el cinéfilo en sus visitas regulares a librerías especializadas y grandes superficies eran los volúmenes monográficos de las revistas Nickelodeon y Nosferatu, dos publicaciones periódicas auspiciadas respectivamente por la productora cinematográfica del mismo nombre y por Donostia Kultura. La primera, con José Luis Garci y Juan Cobos a la cabeza, venía a ser la prolongación natural y en papel impreso del (añorado) programa televisivo ¡Qué grande es el cine!: profusamente ilustrada, se trataba de una serie de volúmenes monográficos unas veces de temática usual y esperable, otras sorprendente o directamente marciana, decididamente de autor, donde a veces importaba más quién escribía que no de qué. En cambio, la donostiarra Nosferatu siempre apostó por la rigurosidad de contenidos, la claridad expositiva y la (dentro de lo posible) exhaustividad de perspectivas. De autoría plural, como es lógico, aunque coordinada por uno o dos expertos en la materia que tocase, nos regaló volúmenes memorables e imprescindibles en cualquier biblioteca que se precie como los dedicados a Jean Renoir, Jean-Pierre Melville, Sam Fuller o Terence Fisher (y, de paso, la Hammer Films), o a filmografías tan atractivas como la ciencia-ficción europea, los nuevos realizadores asiáticos, el eurowestern o el nuevo cine coreano.



A día de hoy, ambas cabeceras ya no existen como tales, pero si la primera duerme el sueño de los justos por culpa de esa espada de Damocles que viene a ser la ley de mercado (indudablemente, era un producto excepcionalmente costoso para una minoría de sibaritas muy minoritaria), la segunda no desapareció del todo, sino que sufrió una reconversión de los pies a la cabeza... O al menos eso parecía en un principio, pues los cambios han ido más orientados al formato -de revista pasó a libro-, por razones de mercadotecnia, que no al contenido, pues sigue rigiéndose por los mismos criterios de evaluación de su predecesora dando lugar a un producto no muy distinto del que ofrecía aquella. Lo cual, por cierto, es motivo de celebración.



El presente volumen, quinto de la serie y editado por Donostia Kultura, rompe con la línea de los anteriores, que parecían decididos a convertir esta Colección Nosferatu en una serie de monografías sobre realizadores al haber tratado consecutivamente las figuras de Raoul Walsh, Edward Yang, David Lean y Robert Rossen. Pero este El thriller USA de los 70 -adelantémoslo ya, de adquisición inevitable para los interesados en el tema, e incluso me atrevería a decir que para todo aquel que guste del mejor cine norteamericano y/o de género- nos retrotrae a los mejores tiempos de Nosferatu (la revista) gracias al trabajo del coordinador Antonio José Navarro y de sus compañeros Carlos Losilla, Jaime Pena, Quim Casas, Roberto Cueto, Ángel Sala, Roberto Curti, Desirée de Fez, Jorge Gorostiza, Jesús Palacios, Ramón Freixas, Joan Bassa, Tonio L. Alarcón, Manlio Gomarasca, Tomás Fernández Valentí, José María Latorre y Raúl Acín.



El cine norteamericano de los años 70, y sobre todo el policíaco, estuvo marcado por lo que se ha venido a llamar la "generación de la televisión", formada por directores tan variopintos como Sidney Lumet, John Frankenheimer o William Friedkin. Fue también la época de la blaxploitation, la cinematografía de la Gran Conspiración (recuerden el caso Watergate y la defenestración política de Richard Nixon) y el arranque de los filmes de vigilantes, con el Charles Bronson de El justiciero de la ciudad a la cabeza. Pero fue también una época en la que maestros todavía en activo como Francis Ford Coppola, Martin Scorsese o Roman Polanski nos ofrecieron algunas de sus mejores películas, sin olvidar que todavía coleaban realizadores de generaciones anteriores como John Huston o Don Siegel, y que nuevos realizadores tan prometedores como John Carpenter presentaban sus primeros largometrajes.



Así pues, una era plural pero acotable espacial y temporalmente, y de la que dan buena cuenta los ensayos que conforman el libro: tras un texto introductorio de Navarro, el resto de la oferta se divide en "Contextos" (ocho ensayos de temática más general), "Formas y temas, espacios y personajes" (seis textos de contenido más concreto) y "Directores". Quizás es este último apartado el más flojo del libro, pues algunas de las figuras tratadas -que son seis: John Frankenheimer, Peter Yates, William Friedkin, Donald Siegel, Michael Winner y Philip D'Antoni- quizá hubieran requerido más espacio para hacerles justicia. No obstante, es digno de encomio el haberle dado cancha al siempre vilipendiado, muchas veces de forma prejuiciosa y sin parar antes a reflexionar, Michael Winner, autor del citado film seminal de Bronson; por no hablar de la recuperación de la figura de Philip D'Antoni, productor de Bullitt y French Connection y director de la semiolvidada Los implacables, patrulla especial.



Resulta complicado destacar algunos artículos dentro de un producto que, en términos generales, mantiene una (considerable) calidad pareja, pero ahí va: Carlos Losilla establece una serie de líneas que unen el cine negro clásico con el thriller setentero, deteniéndose en una de las obras maestras de Coppola, La conversación, o en The Killing of a Chinese Bookie, la incursión en el noir del gran John Cassavetes. Por su parte, Quim Casas trata el thriller retro, y no solo a partir de las inevitables Chinatown y Adiós, muñeca, sino que también se acuerda del Dillinger de John Millius o la extraña Un largo adiós de Robert Altman. Por su parte, Ángel Sala trata el tema de los filmes conspiratorios, con las firmas de John Schlesinger, Ronald Neame, Alan J. Pakula o Sydney Pollack, por citar algunos. Finalmente, una aportación como la de Roberto Cueto sobre la blaxploitation siempre es de agradecer ante la escasa bibliografía dedicada a rebuscar entre los límites de la serie B.



Del resto de aportaciones, algunas vienen firmadas por especialistas de los que se espera precisamente traten temas parecidos: el crítico de cine (y arquitecto) Jorge Gorostiza titula su ensayo "La ciudad como escenario del crimen"; Jesús Palacios rinde buena cuenta del cine de vigilantes y del subgénero, ya tratado por él con anterioridad, del rape & revenge; y el tándem formado por Ramón Freixas y Joan Bassa hace las veces de juez (y verdugo) de la presencia de la mujer en algunos títulos señeros del género.



El volumen se complementa, como ya ocurría con la revista pretérita, con un apartado de documentación, de gran ayuda para especialistas; con los resúmenes o extractos de los distintos ensayos, tanto en euskera como en inglés; y con dos índices, de obras y onomástico, más que útiles; así como un par de pliegos de fotografías en blanco y negro y color. Todo ello, conforma, como puede verse, un análisis exhaustivo del marco delimitado a tratar, al que por supuesto se le podrán poner pegas y se le podrán señalar ausencias o enfoques parciales, pero al que hay que agradecerle que hayan acotado un género, el policíaco, a una época y un lugar, los años 70 y los Estados Unidos, que dieron empaque propio a un grueso de películas donde hayamos no pocas obras maestras: French Connection (Contra el imperio de la droga), La conversación, La noche se mueve, Harry, el Sucio, Klute, Taxi Driver o Serpico.



Pero lo que es de agradecer, para ir terminando con esta nota, es que los autores se hayan acordado de películas magníficas que habitualmente son ninguneadas por la crítica especializada, y no pienso solamente en las imitadoras de El justiciero de la ciudad, a la(s) que desde luego se le(s) pueden poner bastantes peros: cintas de indudable interés, cuando no soberbias, como A la caza de William Friedkin, Pánico en la calle 110 de Barry Shear, Driver de Walter Hill, Teléfono de Don Siegel o Distrito Apache de Daniel Petrie, muy pocas veces hacen acto de presencia en la bibliografía española sobre cine. Lo cual dice mucho, y bueno, de este quinto número de la Colección Nosferatu.

[Fotogramas: Harry, el Sucio, Las noches rojas de Harlem, La conversación, A la caza.]

sábado, 9 de enero de 2010

FRANÇOIS TRUFFAUT

François Truffaut
Luis García Gil
Madrid, Cátedra, 2009
272 pp. - 13,50 €



En algunas ocasiones la vida y la obra de un creador, o lo que es lo mismo, sus vivencias más íntimas y su faceta más pública, están íntimamente ligadas y no se pueden entender una sin la otra. Posiblemente el ejemplo más paradigmático de entre todos los directores de cine que en la Historia han sido sea el de François Truffaut, un realizador que hizo de sus experiencias vitales, aunque siempre ligadas a su interés cultural -fue tan ávido lector como cinéfilo-, materia de base con la que forjar su filmografía.



En 2009, fecha de publicación de este François Truffaut incluido en la prestigiosa colección "Signo e Imagen / Cineastas" de Cátedra, se cumplía el cuarto de siglo del fallecimiento del cineasta francés, ocurrido en 1984 cuando el realizador de Vivamente el domingo -a la postre su último largometraje- contaba con la temprana edad de 52 años y tenía en la cartera muchos proyectos por realizar. Hoy en día el portugués Manoel de Oliveira sigue dirigiendo con 101 años a razón de un film anual porque, según él, si deja de dirigir se muere; lamentablemente, esto no le funcionó al realizador galo.



Todavía hoy la figura de Truffaut y su cine son motivo de discusión entre críticos y aficionados al cine de todo el mundo, que lejos de llegar a un acuerdo tácito se manifiestan a favor o en contra de su obra, y en ambas posturas de forma encendida. Esto no debería molestar a ningún seguidor de su trabajo; más bien nos debería reconfortar que este siga hoy tan vivo como cuando se estrenó hace décadas.



El presente estudio de Luis García Gil, no podía ser de otra forma, se posiciona a favor de Truffaut, aunque -y es una labor encomiable- tampoco lo defiende a capa y espada sin argumentos o pasando por encima de las críticas vertidas a lo largo de los años. Para ello opta por no dejarse nada en el tintero, y en el ensayo que lo abre, significativamente titulado "El cine y la vida", no olvida mencionar la infancia difícil del realizador -marcada por la ausencia de una figura paterna y los problemas de disciplina en el colegio-, que luego quedaría reflejada en películas como la fundacional (y fundamental) Los cuatrocientos golpes o La piel dura, y que desembocó en que el joven François buscara refugio en las artes narrativas, esto es, la novela y el cine.



Por supuesto, buena parte de este estudio se centra en la labor de Truffaut como crítico en Cahiers du Cinéma, una revista que quedó marcada por el final de la guerra en 1945, cuando empezaron a llegar de golpe a los cines de Francia gran cantidad de películas hasta entonces retenidas, y que permitieron a toda una generación de críticos y futuros realizadores -Godard, Rohmer, Rivette, Chabrol, el propio Truffaut- descubrir títulos indispensables tanto del cine italiano (cintas de Rossellini o De Sica) como, muy especialmente, del norteamericano: realizadores como Orson Welles, Alfred Hitchcock o Howard Hawks vieron cómo su obra era estudiada y reivindicada por estos críticos que luego darían pie a la célebre Nouvelle Vague, la Nueva Ola francesa.



A la temprana edad de 22 años, Truffaut publica en Cahiers el célebre "Una cierta tendencia del cine francés", un artículo incendiario que ataca al cine francés más academicista y literario, y de mayor éxito en aquel momento y firmado por realizadores como Autant-Lara, Clouzot o Delannoy, para por el contrario defender otra manera de entender el séptimo arte: la de cineastas como Jacques Becker, Max Ophüls o muy especialmente Jean Renoir. Del hijo del pintor impresionista, Truffaut llegaría a decir que era el mejor director de cine, y del libro que a este dedicó André Bazin, padre putativo del propio Truffaut, que era el mejor libro de cine sobre el mejor director.



Con el paso de los años, a Truffaut se le criticaría que acabara haciendo un cine muy parecido a aquel que atacó en el citado ensayo, un cine literario en la medida en que se mostraba menos preocupado por romper con la dependencia del séptimo arte respecto de la novela olvidándose de la libertad que proporcionaban las nuevas técnicas cinematográficas que permitieron a estos realizadores salir a la calle y rodar casi cámara en mano dos cintas como A bout de soufflé de Jean-Luc Godard y la citada Los cuatrocientos golpes, y dando así el pistoletazo de salida a la Nouvelle Vague. Muchos años después, su compañero y amigo Godard -todavía vivo y en activo- no le perdonaría esta supuesta traición a los postulados del movimiento.



Posteriormente al citado ensayo introductorio, García Gil procede a desmenuzar las claves de cada trabajo del realizador, en estricto orden cronológico, de 1959 a 1983, sin olvidar sus trabajos en el ámbito del cortometraje. De esta forma, el lector podrá descubrir qué hay del propio Truffaut en la figura de Antoine Doinel, interpretado por su alter ego Jean-Pierre Leaud en un corto y cuatro largometrajes, los apuntes autobiográficos de una de las mejores películas del subgénero "el cine dentro del cine" -La noche americana, claro está- o su interés por la novela negra -llegó a adaptar textos de David Goodis y William Irish- y por otros géneros literarios: de la ciencia ficción de Ray Bradbury (Fahrenheit 451, donde expuso su amor por la letra impresa) al romanticismo decadente de Henry James (La chambre verte), pasando por la figura de Henri-Pierre Roché, al que volvió a poner de moda realizando Jules y Jim y Las dos inglesas y el amor.



Completa este repaso por la obra de Truffaut un breve capítulo acerca de su relación con Steven Spielberg durante el rodaje de Encuentros en la tercera fase -película en la que Truffaut desempeñó un importante papel- como, este mucho más interesante, un apartado sobre algunos de los proyectos que el autor de El amante del amor barajó pero nunca llegó a realizar, entre ellos Le petite voleuse (que tiempo después realizaría Claude Miller), una adaptación de La flecha de oro de Joseph Conrad o, este uno de los más famosos, Bonnie and Clyde, que acabaría rodando Arthur Penn con Warren Beatty y Faye Dunaway y se convertiría en una de las cintas más características y celebradas del cine estadounidense de los años 60.



Así pues, este François Truffaut de Luis García Gil no aporta nada nuevo acerca de la figura del cineasta francés y sus películas, pero sí sistematiza de manera precisa y accesible los rasgos más definitorios de su universo, y se convierte en un magnífico complemento tanto de las distintas biografías del cineasta que se han publicado -no se pierdan la completísima de Antoine de Baecque y Serge Toubiana publicada en España por Plot- como del propio visionado de las películas, la mayoría disponibles en DVD, y a la postre mejor manera de conocer de primera mano a tan maravilloso realizador.



(+) La web del autor

lunes, 30 de noviembre de 2009

TERROR EN PÍLDORAS

Terror en píldoras. Las películas episódicas de terror
David G. Panadero
Madrid, Prótesis Editorial, 2009
134 pp. - 5 €



Libro personal donde los haya -tengo el placer y el honor de conocer a su autor y sé de lo que hablo-, desde la dedicatoria hasta una bibliografía tan selecta como certera, Terror en píldoras podría suponer sin esfuerzo el primer acercamiento bibliográfico patrio al subgénero de películas de episodios dentro del marco genérico del terror.



Si no me equivoco, con este libro arranca el trabajo de Prótesis Editorial al margen de la revista homónima especializada en género negro que hoy día dirige su autor, David G. Panadero, y publica Diábolo Ediciones; y se inaugura igualmente la colección Fuera de Campo, que esperamos siga deparándonos alegrías como esta: un librito de formato manejable que puede recordar tanto a los desaparecidos Cuadernos Ínfimos de Tusquets como a algunos de los textos sobre cine de género y cómic que edita la Semana Negra de Gijón. Un instrumento ideal para hacerse una idea general -y en este caso, también genérica- acerca de un tema en concreto: nunca nadie ofreció tanto -atención al repaso a los escritores clásicos de cuentos de miedo- por tan poco. Un auténtico reader's diggest del horror en cápsulas.



La presente obra, empezando por su subtítulo explícito -"Las películas episódicas de terror" y por su aspecto liviano -no llega a las ciento cincuenta páginas-, no pretende engañar a nadie: se trata, y así lo expone abiertamente su responsable en la introducción, de un recorrido tan breve como sugerente y subjetivo por las producciones cinematográficas que han tratado de captar, unas con mayor acierto que otras, la atmósfera de los cuentos de miedo narrados al calor del fuego, la tradición oral previa (y superviviente posterior) a la literatura escrita, los cuentos clásicos de la literatura sobrenatural y los primitivos tebeos de EC Comics.



Resulta diáfano que si no se trata de una obra más exhaustiva esto es así por voluntad del autor, no por su incapacidad: si no fuera porque, como decía, conozco al autor -y lo primero que hizo al poco de conocernos fue invitarme a ver Terror en el espacio de Mario Bava, uno de los autores tratados en el libro- y sé a ciencia cierta que destila amor hacia y conocimiento del género por todos sus poros, lo deduciría sin posibilidad de error a partir de la lectura de este, lo adelanto ya, delicioso librito.



Para empezar, Panadero se gana el corazón del que esto suscribe evocando ya desde el mismo comienzo la escena de apertura de La niebla, uno de los trabajos más redondos de uno de los cineastas más completos del cine fantástico contemporáneo: John Carpenter. A partir de esta secuencia se enlaza con la citada tradición oral y hace un repaso fugaz pero curiosamente nada somero sino muy ilustrativo acerca de la literatura de terror en pequeñas dosis que, bajo la sombra tutelar de H. P. Lovecraft y su indispensable El horror en la literatura, se retrotrae a Boccaccio y Chaucer para traer luego a colación a Horace Walpole, el inevitable Poe, la productiva y célebre reunión en Villa Diodati, el hoy exhumado Bram Stoker gracias a la secuela de su Drácula, Alexandre Dumas, Arthur Machen... y Clive Barker, como adecuado colofón.



Arranca luego el cuerpo central de la obra, compuesto por diez análisis de otros tantos títulos ubicables bajo el epígrafe general. Estos son, en estricto orden cronológico: El hombre de las figuras de cera (Paul Leni, 1923), La zíngara y los monstruos (Erle C. Kenton, 1944), Al morir la noche (Alberto Cavalcanti & Charles Crichton & Basil Dearden & Robert Hamer, 1945), Three Cases of Murder (Wendy Toye & David Eady & George More O'Ferral, 1954), Las tres caras del miedo (Mario Bava, 1963), Doctor Terror (Freddie Francis, 1964), El manuscrito encontrado en Zaragoza (Wojciech J. Has, 1964), Historias extraordinarias (Roger Vadim & Louis Malle & Federico Fellini, 1968), Creepshow (George A. Romero, 1982) y En compañía de lobos (Neil Jordan, 1984). Como puede verse, todas estas cintas tienen en común, claro, la estructura episódica, si bien hay algunas que apuestan por guardar una cierta unidad entre sí optando por una narración lineal y aglutinadora -particularmente obvio en los trabajos de Has y Jordan, por ejemplo), mientras que otras incluyen un cierto número -que es uno como podría ser otro- de historias autoconclusivas, exista un personaje a modo de maestro de ceremonias -algunos tan icónicos como el Boris Karloff del film de Bava o el Creepy de la película de Romero escrita por Stephen King- o no -caso del eurohorror de Vadim, Malle y Felllini.



Es difícil quedarse solamente con algún capítulo en concreto para destacar sus virtudes, pero no puedo sino señalar el acertado acercamiento a Bava -del que destaca con acertadísimas palabras su "sentimiento operístico latino hacia lo macabro"-, la encomiable reivindicación del primer episodio de Three Cases of Murder -el fascinante "In the Picture"- frente al más popular por contar con la presencia de Orson Welles o, sobre todo, el análisis que cierra el libro, acerca de En compañía de lobos, o la historia de Caperucita Roja en clave freudiana y postmenstrual de Angela Carter plasmada en bellísimas imágenes por el autor de obras maestras de la ambigüedad como Juego de lágrimas o Desayuno en Plutón. Un film de entre cuyos seguidores el autor siempre ha sido adalid confeso y que aquí es analizado con tanto cariño como precisión.



Por otro lado, y para subsanar en cierta medida la breve extensión de este trabajo, Panadero incluye un apéndice con otros títulos recomendados, que me hace añorar un análisis más extenso de un clásico como Kwaidan de Masaki Kobayashi, pero que me libra de tener que recordar experiencias traumáticas como El club de los monstruos del otrora interesante Roy Ward Baker o la muy decepcionante Necronomicon de Brian Yuzna y compañía.



Como imaginará ya el lector, el único pero que se me ocurre ponerle al libro y al trabajo de su autor es en realidad un elogio: una vez finiquitada su lectura es fácil quedarse con ganas de más. El propio autor confiesa que su intención era abrir camino afirmando que "una vez tirada esta primera piedra, seréis muchos los que, desde revistas, portales de Internet, blogs o incluso libros, sigáis indagando y haciendo aportaciones valiosas". Y yo me pregunto si no será que el autor tiene algún que otro proyecto en ciernes que le ha impedido seguir profundizando en este campo, pues se me ocurren muy pocos, por no decir casi ninguno, de entre sus congéneres capaces de hacerlo mejor que él mismo: Panadero, además de sentir una inclinación cuasi natural hacia el fantástico -ahí están para corroborarlo su monografía sobre Dark City de Alex Proyas o sus libros co escritos con Miguel A. Parra sobre Ed Wood y su máximo valedor actual, Tim Burton- es de los que mejor escriben sobre literatura y cine de género(s) en nuestro país, ni más ni menos. Así que me permitirán que siga esperando con ganas un trabajo más exhaustivo acerca del subgénero firmado por el mismo autor de este Terror en píldoras que puede servir, por el momento, a modo de perfecta introducción en el tema en cuestión.



(+) Más información en la web oficial: Terror en píldoras.

(+) El libro a la venta en: Estudio en Escarlata. En dicha librería madrileña, el próximo viernes 4 de diciembre a 19.30 horas, tendrá lugar la presentación del libro con la presencia del autor del mismo y de Frank G. Rubio. Entrada libre limitada al aforo del local.

[Fotografías: David G. Panadero, Historias extraordinarias, El manuscrito encontrado en Zaragoza, En compañía de lobos, Al morir la noche.]

jueves, 29 de octubre de 2009

CINE ZOMBI

Cine zombi
Ángel Gómez Rivero
Madrid, Calamar Ediciones, 2009
496 pp. - 24 €



En el ámbito cultural, como en todo, las modas se suceden a un ritmo vertiginoso, y lo que ayer estaba a la última hoy huele a podrido -una metáfora muy al hilo del tema que trataremos, como verán enseguida-, mientras nuevos productos reclaman su parcela. El terror no es una excepción, y justo cuando los expertos empiezan a vaticinar el final de la moda vampírica a rebufo del éxito de Crepúsculo de Stephenie Meyer y su adaptación cinematográfica, y que podría finiquitar la continuación oficial (¿y sacrílega?) del clásico de Stoker, Drácula, el no muerto de Dacre Stoker y Ian Holt, parece que son los zombis los llamados a surgir de sus tumbas para poblar los anaqueles de las librerías y las carteleras de medio mundo.



Así pues, justo en el momento en el que se publica la revisión del clásico de Jane Austen Orgullo y prejuicio en clave zombi, aparece una novela como Zombis rubias, las guías de supervivencia de Max Brooks triunfan allá donde van o una editorial como Dolmen anuncia toda una línea de libros y cómics dedicados al subgénero, sin olvidar varios cómics de similar temática, la crítica cinematográfica no podía mantenerse al margen, y han acabado confluyendo dos títulos de temática similar: por un lado, José Manuel Serrano Cueto publica Zombie Evolution (El libro de los muertos vivientes en el cine), que no tengo el gusto de haber leído porque, aunque la hipotética existencia de los muertos vivientes pueda hacer pensar lo contrario, nuestro tiempo es limitado y hay que dosificarlo con extremo cuidado; y por otro se edita el título que nos ocupa y que ya anunciamos en su día: Cine zombi, la apuesta de Calamar Ediciones -una editorial que poco a poco va construyendo un catálogo de libros sobre cine fantástico y de género verdaderamente envidiable- y de un servidor como lector irredento de libros de cine y fan fatal de las películas de miedo.



Ángel Gómez Rivero no era un desconocido para mí, y no solo por haber disfrutado de su anterior Casas malditas. La arquitectura del horror, también de la mano de Calamar y dedicado a glosar las películas del género protagonizadas por mansiones encantadas y edificios afines. A Gómez Rivero lo he seguido como contertulio en foros de Internet dedicados al cine como arte e industria y al DVD como soporte digital, y sus palabras siempre han denotado tanto amor hacia el séptimo arte como conocimiento del mismo, destilando un juicio formado con el que, claro, se puede o no estar de acuerdo en según qué ocasiones, pero que lejos de adoptar una postura talibán que no se para en contemplaciones opta por dar forma a un criterio de opinión y valoración tan lógico y coherente como pueda serlo cualquier criterio referido a un objeto artístico, siempre diana de filias y fobias particulares.



Si hablamos de filias, a Gómez Rivero le pierde el cine clásico: por eso, particularmente suculentos son los primeros capítulos de este libro, adelanto ya, indispensable, donde el autor se detiene pormenorizadamente en analizar los primeros clásicos incontestables del género, como La legión de los hombres sin alma de Victor Halperin o, por supuesto, Yo anduve con un zombie de Jacques Tourneur... sin olvidarse de otros títulos afines a la temática aunque no estrictamente ubicables dentro de sus fronteras, como las silentes El gabinete del doctor Caligari de Robert Wiene o El hundimiento de la casa Usher de Jean Epstein, según el cuento de Edgar Allan Poe.



Pero no teman los detractores -ellos se lo pierden, dicho sea de paso- del cine clásico: apenas superado el primer centenar de páginas de las casi quinientas de las que consta el libro aparece el nombre y la película que todos esperaban, y que terminó de redefinir el género del horror en la gran pantalla siguiendo la estela de Psicosis de Alfred Hitchcock y abriendo el camino a clásicos contemporáneos incontestables como La matanza de Texas de Tobe Hooper. Me refiero, claro, a George A. Romero y La noche de los muertos vivientes, que en 1968 hizo tambalearse a los drive ins de toda Norteamérica con una pesadilla en blanco y negro donde el horror se alejaba del espacio exterior de donde llegaban los extraterrestres comunistas o de los grandes salones de fastuosos cortinajes de la Hammer para surgir del cementerio más cercano.



Demostrando estar a la última, Gómez Rivero analiza toda la saga de Romero al completo, de la trilogía original a las posteriores La tierra de los muertos vivientes y El diario de los muertos, sin olvidar los remakes firmados sucesivamente por Tom Savini (que en mi opinión alaba en demasía, pero para gustos...), Zack Snyder (este sí, magistral para ambos) y Steve Miner (este último, inédito en España), así como la nueva aportación de Romero, Survival of the Dead, que aquí se cita de pasada.



Los amantes del cine mediterráneo más abisal, entre los que me cuento, también están de suerte: Lucio Fulci y sus películas de muertos vivientes -Nueva York bajo el terror de los zombi, pero también Miedo en la ciudad de los muertos vivientes y, más tangencialmente, la tan fascinante como absurda Aquella casa al lado del cementerio-, todas ellas hechas con pocos medios y mucha osadía, también son comentadas en Cine zombi, sin olvidar a maestros como Mario Bava y su Terror en el espacio, las muy populares en los años 80 Demons y su secuela, o la increíble -que el espectador le dé su valoración, positiva o negativa, al adjetivo, pues ambas son en cierto modo válidas- La invasión de los zombies atómicos de Umberto Lenzi.



Y en cuanto al cine patrio, no podían faltar Paul Naschy y Jesús Franco, nombres clave del cine fantástico español por mucho que les pese a algunos, así como los templarios de Amando de Ossorio, a los que el autor dedica un capítulo al completo, o la exitosa [REC] de Jaume Balagueró y Paco Plaza, de la que acaba de estrenarse la segunda parte. Pero si hay un nombre al que Gómez Rivero dedique especial atención ese es el de Jorge Grau, gracias a su innegable aportación al subgénero: No profanar el sueño de los muertos. El propio Grau es el autor del prólogo con el que se abre el libro, y una entrevista con el realizador de la también interesante Ceremonia sangrienta sirve como colofón, cerrando la obra como un círculo perfecto.



Uno de los mayores atractivos de Cine zombi es su exhaustividad: como decíamos, Gómez Rivero muestra una particular querencia por el cine clásico, pero su rendida y confesa admiración por maestros del celuloide primitivo como Murnau o Dreyer no es obstáculo para haber visto y comentado hasta la última producción de serie Z rodada de forma casi amateur (a veces puede eliminarse el casi) y distribuida en el mercado doméstico. Por esa misma razón, no faltan tampoco aquellos títulos donde horror y humor se unen con mayor o menor acierto -de Braindead de Peter Jackson a la más reciente Dead Snow, sin olvidar la casposa Blood Diner, la lamentable Undead or Alive o la inevitable Shaun of the Dead-, o un reflejo de aquellos títulos que no están protagonizados realmente por muertos vivientes -dado que la amenaza en cuestión no ha pasado por el tránsito de la muerte- pero sí por contaminados que actúan como verdaderos zombis; esto es, títulos como 28 días después (y su espléndida secuela dirigida por Juan Carlos Fresnadillo), los primeros trabajos de David Cronenberg Vinieron de dentro de... y Rabia, las adaptaciones del texto de Richard Matheson El último hombre... vivo y Soy leyenda, o la rabiosamente divertida Planet Terror de Robert Rodriguez.



En definitiva: que podríamos decir, al menos a fecha de hoy, que estamos ante la aportación definitiva a la bibliografía cinematográfica (y televisiva: el autor no se olvida de la interesante Dead Set) española a este subgénero del cine de terror, por la profusión de datos y el interés de los análisis efectuados por el autor. Además, esto viene de la mano de una maquetación atractiva, con un gran número de ilustraciones -siempre he defendido que si hay un tipo de libros que han de ser ilustrados, estos han de ser los libros sobre un arte tan visual como es el cine- tanto en blanco y negro como en color. Como único pero, que al Apéndice II, un índice alfabético de títulos citados verdaderamente funcional, se le llame "Filmografía selecta". Pero como imaginarán, esto es pecata minuta que ni se acerca a enturbiar los logros de un libro, a mi entender, indiscutiblemente indispensable para todo aficionado al cine de terror, guste más o menos de las películas protagonizadas por estos muertos en vida.

[Fotografías: La noche de los muertos vivientes, Ángel Gómez Rivero, Yo anduve con un zombie, La noche de los muertos vivientes, El diario de los muertos, Demons, No profanar el sueño de los muertos, Dead Snow, Dead Set.]

sábado, 12 de septiembre de 2009

MALDITOS BASTARDOS

Malditos bastardos
Quentin Tarantino
Barcelona, Reservoir Books Mondadori, 2009
176 pp. - 16,90 €



El arte de escribir guiones cinematográficos, como el de elaborar obras teatrales, debe asumir siempre su condición de tránsito, su naturaleza de provisionalidad, pues el fin último de todo libreto es, al igual que el de un drama es ser representado sobre las tablas, verse filmado con una o varias cámaras, montado con una mesa o un programa de edición y proyectado en una pantalla.



Por ello, la lectura de guiones cinematográficos siempre se ha visto relegada a un término que ni siquiera es el segundo, sino uno de los últimos de una larga lista donde le anteceden el consumo de novelas, ensayos y hasta el nunca bien ponderado género del relato corto. Y al igual que la lectura de obras de teatro queda reducida en la mayoría de los casos a los estudiosos -sean profesionales académicos o sufridos estudiantes- de cualquiera de las literaturas nacionales, la de los guiones de cine siempre ha estado destinada al consumo de un grupo de lectores muy reducido y fiel.



Pero quizá sea Quentin Tarantino uno de los pocos autores de guiones -otro podría ser Woody Allen- llamado a superar las fronteras de esta reducida camarilla: cuando la edición de guiones en España se reduce a iniciativas tan loables como aisladas como la de la librería (y editorial) 8 y 1/2, y aquellos tiempos en los que Alianza editaba en formato de bolsillo guiones de cineastas como Antonioni o Godard están prácticamente olvidados, Mondadori se descuelga con la edición del guión de Malditos bastardos, la última locura cinematográfica de este enfant terrible de Hollywood, de este nuevo Rey Midas del celuloide... con permiso de Steven Spielberg.



Todavía recuerdo la agradable sorpresa que supuso en su día, a comienzos de los años 90, la edición, si no recuerdo mal también por Mondadori y en su línea Reservoir Books -además, una colección de nombre inspirado en la ópera prima del realizador norteamericano: Reservoir Dogs-, de la publicación del guión de Pulp Fiction, escrito a medias por Tarantino y su otrora amigo del alma Roger Avary. Muchas cosas han cambiado desde entonces: Avary ya no es su mejor amigo -según una conocida revista especializada ahora lo es Eli Roth, el director de Hostel, como entre uno y otro lo fue Robert Rodriguez-, y Tarantino ya no está sujeto a las coordenadas de un género -casi podría decirse que su cine es un género en sí mismo- ni necesita de Palmas de Oro ni Oscars al Mejor Guión Original que revaliden su valía y lo mantengan en el candelero de la actualidad cinematográfica internacional.



Solo así se entiende que en un terreno yermo para este tipo de iniciativas todavía aparezca la edición de un guión como una de las novedades calientes en el principio de curso editorial. Así, Mondadori vuelve a apostar por el realizador de Death Proof y edita, simulando condición de facsímil, este guión de apenas 160 páginas que ha acabado por plasmarse en la pantalla en un film de unos 150 minutos (casi se cumple esa aproximación que suele establecerse de "1 página = 1 minuto").



¿Qué cuenta Malditos bastardos, guión y película? Pues la venganza por parte de Shoshanna Dreyfus (Mélanie Laurent en el film), una joven judía, y de un grupo de soldados judeoamericanos a las órdenes del teniente Aldo Raine (Brad Pitt), contra Hans Landa (Christoph Waltz), un coronel del ejército nazi apodado "Cazador de judíos" que asesinó a la familia de la primera; todo ello en un plan de venganza que podría pasar también por el exterminio del mismísimo Adolf Hitler...



El resultado, claro, es un collage made in Tarantino, una película bélica que homenajea tanto a las manifestaciones del género realizadas con bajo presupuesto en Europa -el título lo retoma del nombre anglosajón de un film de Enzo G. Castellari de 1978, Aquel maldito tren blindado- como a los spaghetti westerns de Sergio Leone filmados en Almería (el primer título provisional de la película fue Érase una vez en la Francia ocupada), y cuyo guión permite disfrutar con las acotaciones de su autor, explicaciones de las que carecemos en el film (que ya disfruta del privilegio de la imagen para narrar) tan sugerentes y reveladoras como esta: "El auditorio recuerda una de aquellas películas de serie B donde Tinto Brass fusiló La caída de los dioses de Visconti". Cualquier explicación más al respecto sobra.



Como único aspecto negativo de la edición, señalar que el guión aparece despojado de cualquier material extra, y apenas está acompañado por un breve (pero revelador, eso sí) prólogo firmado por David L. Robbins, autor de títulos como The Betrayal Game, The Assassins Gallery, War of the Rats o Liberation Road. Si se hubiera acompañado el plato con el aliño de alguna entrevista con miembros del equipo artístico y técnico, alguna recopilación de fotografías a modo de making of impreso o algún estudio crítico sobre el cine de Tarantino -algo parecido a lo que Editorial AJEC ha hecho recientemente con el guión de Donnie Darko-, el producto resultante habría sido redondo. Así, tal como está, solo es redondo para los fanáticos de su autor y para, seguro que siguen existiendo, esos pocos lectores de guiones cinematográficos que no se perderán el título estrella -y a lo mejor el único- de lo que se publique este año.