viernes, 15 de febrero de 2008

CARY GRANT

Cary Grant. La biografía
Marc Eliot
Barcelona, Lumen, 2007
576 pp. - 21,90 €




Muchos piensan, y parte de razón no les falta, que la ignorancia proporciona la felicidad; pero también es cierto que la verdad nos hace libres. Por ello, sensaciones enfrentadas surgen en el ánimo del aficionado al cine después de disfrutar de la lectura de Cary Grant. La biografía, impecable repaso de Marc Eliot a la vida y milagros de uno de los más grandes iconos del séptimo arte.



Las casi seiscientas páginas de tan monumental biografía proporcionan un completo y fidedigno retrato de Archibald Alexander Leach, un joven nacido en Bristol en el seno de una familia humilde y fragmentada, y que con el paso de los años decidió viajar a los Estados Unidos para convertirse en un actor de éxito. Quién le iba a decir a él por aquel entonces no ya solo que conseguiría tal propósito, sino que el lograrlo no le iba a proporcionar la felicidad que buscaba.

Y es que Archie Leach iba a terminar convirtiéndose en lo que todos los hombres iban a querer ser: Cary Grant. El paradigma del galán de Hollywood, caballero conquistador de mujeres, aventurero elegante y héroe impecable. Como él mismo dijo en cierta ocasión : "Todos quieren ser Cary Grant. Hasta Cary Grant".



Por ello, desde este momento resultará extraño ver en la pantalla de nuestro televisor las galanterías de un hombre del que ahora conocemos con todo lujo de detalles sus relaciones homosexuales. Particularmente, la que mantuvo con el actor Randolph Scott, estrella de westerns de serie B, muchos firmados por Budd Boetticher, y al que muchos consideran respecto de Grant el amor de su vida. A ambos les unía "su gusto por beber, fumar, la ropa cara, el humor socarrón y que ambos, sexualmente, no eran especialmente tórridos, ya que consideraban el sexo como algo accesorio". Grant y Scott compartieron un apartamento junto a la playa, algo habitual entre los actores de la época, pero ante los crecientes rumores acerca de que entre ambos existía algo mucho más fuerte que una simple amistad, los estudios les obligaron a salir y dejarse fotografiar públicamente con jóvenes y atractivas aspirantes a actrices que en la mayoría de los casos se quedaron en nada.



Su condición bisexual llevó a que Grant también se enamorara de muchas de las actrices con las que trabajó, especialmente de Sophia Loren tras rodar Orgullo y pasión con Frank Sinatra, que se convirtió en su rival por las atenciones de la italiana, casada por aquel entonces con el productor Carlo Ponti. De igual manera, Grant acabó contrayendo matrimonio con cinco mujeres, la cuarta de ellas la actriz Dyan Cannon. No obstante, el actor establecía con todas ellas, más que una atracción puramente sexual, un vínculo afectivo, prolongación del que mantuvo con una madre de la que mucho tiempo pensó que había fallecido y que años después reapareció en su vida.



No es este el único aspecto oscuro de la vida de Grant en una época que no aceptaba la homosexualidad como algo normal, mucho menos en el caso de un galán de Hollywood: Eliot señala que en sus primeros años en Norteamérica no solo fue actor de variedades y saltimbanqui, sino también acompañante, un auténtico gigoló al servicio de mujeres acaudaladas. Además, consumía más alcohol del aconsejado, y tomó LSD, cuando todavía no era una sustancia ilegal pero no gozaba de demasiada popularidad, en compañía de otras personalidades como el escritor Aldous Huxley, autor de Las puertas de la percepción.



Pero al mismo tiempo que esta lectura puede mancillar la figura de Grant como icono del galán de Hollywood, sus trabajos se ven matizados también por el aura oscura de alguien obsesionado por su bienestar físico y su impecable apariencia, un actor cuya carrera profesional se vio marcada por la búsqueda de una independencia respecto de los férreos contratos de los estudios, que se saldó con algunos beneficios económicos pero también con el continuo rechazo por parte de una Academia que le negó siempre el Oscar. Finalmente, Grant solo conseguiría una estatuilla honorífica al final de su carrera, gracias al empeño personal del actor Gregory Peck, nuevo presidente de la asociación.



Más allá de su vida personal, con sus virtudes (su exquisita educación, su sentido de la amistad, el imbatible afán de superación fruto de una inquebrantable fe en sí mismo, y la discrección con la que trató a sus distintas parejas) y sus defectos (su falta de sinceridad, para con los demás y para consigo mismo, sin olvidar su proverbial tacañería), el libro que nos ocupa no deja de lado, ni mucho menos, su faceta profesional. A lo largo de sus páginas, un documentadísimo Marc Eliot retrata sus duros comienzos en películas hechas para el lucimiento de otros actores (destacando particularmente el caso de la fulgurante y provocativa estrella Mae West), su eterna admiración por Charles Chaplin, la fuerte rivalidad con Gary Cooper, su amistad con compañeras de reparto como Ingrid Bergman o Grace Kelly o muy especialmente el magnate y cineasta Howard Hughes... así como su rendición ante un nuevo cine que despuntó en la década de los 60, con actores que apostaban por el método de interpretación de Stanislawsky y Elia Kazan, intérpretes atormentados al estilo de Montgomery Clift o Marlon Brando, y a los que siguieron actores y películas que ya no apostaban por la impecable elegancia de ídolos inalcanzables, sino por la cercanía y la identificación del público con lo que pasaba en la gran pantalla: el caso de El graduado, que convirtió a Dustin Hoffman en estrella, es especialmente paradigmático.



Pese a no comulgar con muchos factores de la industria cinematográfica, y a pesar de varios intentos ocasionales de abandonar la profesión, un proceso de trabajo constante profundamente relacionado con una búsqueda de la propia identidad acabó llevando a Grant a trabajar con casi todos los más grandes directores del cine del Hollywood de los años dorados: salvo John Ford, Raoul Walsh, Fritz Lang y pocos más, los cineastas que definieron un modo de hacer y entender el cine recurrieron a los servicios del intérprete británico.



De esta forma Grant trabajó con los más importantes cineastas del Hollywood clásico, de George Cukor (en La gran aventura de Silvia, Vivir para gozar e Historias de Philadelphia) a Leo McCarey (La pícara puritana, Tú y yo), los dos realizadores que lo convirtieron en el galán por excelencia de los años 30 y 40, pasando por Josef von Sternberg (La Venus rubia), George Stevens (Gunga Din), Michael Curtiz (Noche y día), Frank Capra (Arsénico por compasión), Stanley Donen (Indiscreta, Charada, Página en blanco) o Blake Edwards (Operación Pacífico). Sin olvidar, por supuesto, a dos nombres clave tanto en el devenir del arte cinematográfico como en el curriculum profesional de Grant: por un lado Howard Hawks, quien representa posiblemente lo mejor del sistema de estudios de Hollywood, un artesano que se adaptó a cualquier género y que a su vez consiguió marcar su impronta en muchos de sus westerns, comedias o filmes policiacos, y que dirigió a Grant en la magnífica cinta de aventuras Sólo los ángeles tienen alas, así como en cuatro comedias impecables: La fiera de mi niña, Luna nueva, La novia era él y Me siento rejuvenecer.



Por otro lado, claro está, Alfred Hitchcock, que hizo del actor, británico como él, uno de sus dos actores fetiche (el otro fue, claro está, James Stewart) y se convirtió en el único que logró captar en la gran pantalla el lado más oscuro del actor. Precisamente por ello, el Maestro del Suspense se convirtió en el director predilecto del propio Grant, pues acabó con su encasillamiento en papeles de comedia y drama sentimental gracias a los cuatro títulos imprescindibles de la historia del cine que su colaboración conjunta nos legó: Sospecha, Encadenados, Atrapa a un ladrón y Con la muerte en los talones.



Como imprescindible es este libro de Marc Eliot no ya solo para los seguidores de Cary Grant, sino para todos los aficionados al cine norteamericano clásico. Aunque, bien pensado, ser uno de estos lleva inevitablemente a formar parte del grupo anterior. Porque Grant, lo quisiera o no, es el cine.



(El libro incluye un encarte con fotografías, así como una bibliografía, una filmografía y un índice onomástico al final.)


[Fotogramas: Historias de Philadelphia; Con la muerte en los talones; La fiera de mi niña.]

2 comentarios:

Jaime Sirvent dijo...

Interesantísimo libro, por lo que cuentas, que no enturbia para nada la mítica de su imagen, sino que la agranda, al darnos la oportunidad de confrontar a la estrella con el hombre.

Un libro imprescindible ,por lo que intuyo sin haberlo leído , y que formará parte de mi biblioteca personal si los hados se muestran favorables.

minerva dijo...

tiene buena pinta el libro sí señor, habrá que conseguirlo

espero que sigas con el blog mucho tiempo porque la verdad que libros de cine hay la tira pero en ningún sitio te recomiendan uno medianamente en serio.

un saludo!